Envíanos tus comentarios
y sugerencias
 
 
Perfil
Carlota: La Emperatriz que amó a México
Erick Morales Dondé
Carlota, emperatriz de México. Cortesía: http://img230.imageshack.us

El Castillo belga de Bouchout es el escenario donde he pactado con Carlota de Bélgica, protagonista del segundo imperio mexicano, una entrevista para desenmascarar los misterios que embargan su historia y de toda una nación.

Se me ha indicado que debido a su desequilibrio, puede o no “estar de humor” para recordar los hechos del pasado.

Sus cuidadoras abren la puerta de su alcoba y ahí la encuentro. Fue impactante observar que la bella y joven mujer que llegó a México en el año 1864, es ahora una mujer solitaria, cuyo rostro refleja los duros golpes de la vida en las líneas que coronan su frente, ojos, boca. Mujer de carácter, mujer que fue declarada loca, mujer que llora no sólo a un imperio, sino a su eterno amado: Maximiliano de Habsburgo.

Me acerco a ella; ella se acerca a mí. Con gracia gesticula una sonrisa y con un movimiento de brazo me invita a sentarme cerca de su lecho.

Ha iniciado el momento de nostalgias. Después de preguntarle cómo se encontraba, solamente sonrió y asintió con los ojos. Inicia la entrevista.

Erick: ¿Cómo ha sido regresar a Bélgica después de vivir en México?

Carlota: (Suspiro) Creí que esa pregunta sería formulada después de mucho tiempo; sólo mi amado Max me la ha preguntado en varias ocasiones.

 

Ha sido muy dura mi vida en Bélgica. ¡Claro! Se me trata como la emperatriz que soy y siempre seré. Aún así el golpe fue muy duro: éramos nadie en Italia y yo le insistí a Max que aceptáramos el trono; fuimos  aceptados por México, mi país hermoso; amamos a su gente; nos quitaron el trono… ¡Rogué! ¡Imploré!... Nadie me escuchó.

No puedo creer que hayan ya pasado tantos años, que vinieran y se fueran en un silbido; ahora sólo quedo yo. Todos mis seres amados y todos mis enemigos han desaparecido (suspira); ahora sólo quedo yo.

Diario sacudo la corona de Max. Diario limpio el collar de la Orden de Guadalupe. Diario pulo las teclas de mi piano y toco el himno imperial mexicano.

E: Usted habla de que sus enemigos se han ido ¿Quiénes son esas personas?

C: A la mente me vienen aquellos cinco: Juárez, que no amaba a la gente más de lo que amaba al poder; mi cuñado, Francisco José, que puso empeño en dejarnos en la calle después de nuestra salida de Lombardía; el Papa Pío IX, que no quiso brindar apoyo a la mismísima emperatriz Carlota, hija del rey Leopoldo (no quiso ni siquiera compartir el espumoso chocolate caliente que tuve que robar y chupar con mis sucios dedos); y por su puesto Napoleón El Pequeño y su esposa, la Montijo, que no sólo querían quitarnos nuestro país bello, por el cual hicimos tantas cosas, sino borrarnos de la faz del planeta.

E: ¿Y qué me dice de  Concepción Sedano?

C: Ella no es nada, ni nadie. Max pecó y tuvo un hijo con La India Bonita, en el jardín Borda. Mientras tanto, yo lidiaba con los problemas de México y lloraba porque mi esposo no estaba a mi lado. Dijeron que él tenía una enfermedad, castigo de la lujuria, pero no era así; no pudimos tener hijos porque fui infértil en mi juventud.

Dijeron que yo amé al coronel Van der Smissen, que vino aquí a formar parte de los Batallones de la Emperatriz, regalo de mi hermano para mi seguridad. Pero todo, todo, todo es mentira. Yo no amé al coronel. Yo amé a mi marido, lo perdoné por acostarse con la esposa de un jardinero. Yo aún lo amo. Yo aún lo veo. Yo aún siento a aquél que me enseñó un mundo nuevo de palabras.

Mi amiga Agnes de Salm Salm, me mandó un poco de su cabello y un pedazo de su corazón, que dijron que había dejado de latir en el cerro de las Campanas… Pero  Max está conmigo cuando nadie nos ve. Es como recordar los viejos días, en mis tertulias en el castillo de Chapultepec.

E: Y… ¿Por qué usted aún ve a Maximiliano, si a la vez sabe que ha muerto?

C: Es algo que usted no entendería, ni algo digno de contar de una emperatriz.

 

¡De seguro, a usted le habrán dicho que estoy demente! Sé que me llaman la loca  de Bouchout. Me han escrito cartas con miles de chismes populacheros: fue el tepache, fueron los engaños de su marido, fue la pérdida de su imperio la causante de su mal.

¡Lo niego! Lo que me hizo así, fue el ya no ver a mis mexicanos; el sentir que ellos ya no pensaban en su madre; el ya no ver mi país desde los balcones del casillo de Chapultepec… Pero sé que regresaré… Aún todos me esperan con los brazos abiertos. Regresaré con la bandera de México ondeando en lo alto de mi castillo y todos entonarán esa dulce canción, que ya no será más una despedida, sino el saludo que siguen esperando: ¡Bienvenida Mamá Carlota, bienvenida mi tierno amor!

Carlota rompió en llanto. Es hora de retirarme del lugar donde vive una de las mujeres más ricas del mundo, una de las más maltratadas por la vida, una de las más locas y a la vez más cuerdas. Mujer ambiciosa, mujer que aún ahora, en 1926, espera regresar al país que le cambió la sangre: México.

 
 
COMPARTIR
Bookmark and Share
INTERACTUA